En 1494, en la Venecia de los mercaderes y las letras de cambio, un fraile franciscano llamado Luca Pacioli publicó un grueso tratado de matemáticas y dejó caer en él una pregunta que todavía no ha caducado: ¿en cuánto tiempo se duplica un capital que uno deja quieto? Estaba describiendo, cinco siglos antes de las hojas de cálculo, el interés compuesto, la fuerza que hace que el dinero engendre dinero mientras su dueño duerme. Hoy esa misma idea circula por internet con esmoquin prestado: repetida hasta el bostezo como "la octava maravilla del mundo", firmada por Albert Einstein. El problema es que Einstein nunca la dijo. El sitio Quote Investigator rastreó la cita hasta un anuncio bancario de 1925, sin autor, y no encontró que el físico, ni Rockefeller, ni ningún Rothschild la pronunciaran jamás. La atribución al genio aparece por primera vez en 1988, treinta y tres años después de su muerte. La firma es falsa. El fondo, en cambio, es cierto.
Qué es y por qué se acelera
El interés compuesto es lo que ocurre cuando las ganancias empiezan a generar sus propias ganancias. El primer año se cobra sobre el capital. El segundo, sobre el capital y sobre los intereses del primero. El tercero, sobre todo lo anterior. La bola de nieve no crece en línea recta: crece cada vez más rápido, porque cada vuelta arrastra más masa que la anterior. Al principio parece que no pasa nada. Décadas después, la curva se dispara.
La idea es vieja. El fraile y matemático Luca Pacioli ya la manejaba en su Summa de arithmetica, publicada en Venecia en 1494, donde describía cómo estimar en cuánto tiempo se duplica una inversión. Cinco siglos antes de las hojas de cálculo, el problema era el mismo que hoy: cuánto tarda el dinero en valer el doble sin que uno toque nada.
El interés compuesto es la octava maravilla del mundo. Anuncio bancario, 1925. Atribuido después a Einstein sin prueba alguna.
La regla del 72, aritmética de servilleta
Existe un atajo mental para no sacar la calculadora. Se llama la regla del 72: divida 72 entre la rentabilidad anual en porcentaje y obtendrá, aproximadamente, los años que tarda el capital en duplicarse. Al 9% anual, 72 dividido entre 9 son ocho años. Al 10%, poco más de siete. Al 6%, doce. Al 12%, seis. Es una aproximación, no una ley física, y funciona mejor entre el 5% y el 10%; para el rigor fino, la constante exacta ronda el 69,3, pero 72 se eligió porque se divide limpio entre muchos números y sirve para hacer cuentas en una servilleta.
Ese pequeño truco esconde la lección grande. La bolsa estadounidense, medida por el S&P 500 con dividendos reinvertidos, ha rentado de media alrededor de un 10% anual nominal desde 1926, unos siete puntos una vez descontada la inflación. A ese ritmo real, el dinero tarda cerca de una década en duplicarse. Nada espectacular en un año concreto. Devastador, a favor del paciente, a lo largo de una vida.
Por qué el tiempo gana al acierto
Aquí está el giro que casi nadie interioriza. En el interés compuesto, el factor que más manda no es el tanto por ciento, sino los años que uno deja actuar la fórmula. Empezar diez años antes pesa más que rascar un punto extra de rentabilidad persiguiendo el fondo perfecto o el momento ideal de entrada. El componente que se dispara en la ecuación es el exponente, y el exponente es tiempo.
De ahí que quien entra pronto y no se baja suela terminar por delante del que intenta ser más listo que el mercado. El primero deja que la bola ruede. El segundo la para cada dos por tres para comprobar si va bien, y en cada parada pierde tracción. La rentabilidad hay que acertarla; el tiempo solo hay que respetarlo.
El compuesto no recompensa al que más sabe, sino al que más aguanta sin tocar nada.
Nada de esto promete un número. La bolsa cae, a veces con saña y durante años, y quien jure lo contrario miente. Pero la aritmética es tozuda: capital, tiempo y la disciplina de no interrumpir la fórmula. Lo demás es ruido. Hay incluso quien lleva más de una década invirtiendo con esa lógica lenta y publica sus resultados año a año, con una calculadora para que cualquiera compruebe cuánto habría rendido su dinero.
Un recurso para el curioso
Un sistema de inversión llamado CDI lleva más de diez años aplicando esta idea, y publica sus resultados abiertamente, con una calculadora para comprobarlos.
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