Comprar bitcoin a largo plazo y no tocar nada ha sido la decisión más rentable de la última década, y también la más difícil de sostener. Lo complicado no es entender la idea: es aguantar tres desplomes de más del 75% sin vender abajo. La palabra que resume esa resistencia nació de madrugada, el 18 de diciembre de 2013. Un usuario del foro Bitcointalk que firmaba como GameKyuubi entró a escribir cabreado y, por su propia confesión, algo bebido. El precio de bitcoin acababa de caer un 39% en horas, de 716 a 438 dólares, y en lugar de vender publicó un mensaje con una errata que se volvió leyenda: "I AM HODLING". Estaba aguantando.
Imagine a alguien que entró justo entonces, cerca del primer gran techo. En noviembre de 2013 bitcoin había tocado los 1.000 dólares por primera vez y llegó a rozar los 1.151. Compró, cerró la pestaña y decidió no mirar. Durante la década siguiente, esa decisión de no hacer nada sería puesta a prueba una y otra vez, con una crueldad que ninguna hoja de cálculo transmite del todo.
Tres veces al borde del abismo
La primera prueba llegó rápido. El 5 de diciembre de 2013 China prohibió a sus bancos operar con bitcoin y el precio se hundió. Dos meses después, en febrero de 2014, Mt. Gox, la mayor casa de cambio del mundo, suspendió las retiradas y quebró: unos 850.000 bitcoins habían desaparecido. Para principios de 2015 el precio andaba por los 200 dólares. Quien compró a 1.100 veía su dinero valer una quinta parte. Una caída superior al 80%.
Luego vino la euforia y su resaca. Bitcoin empezó 2017 en torno a los 998 dólares y cerró el 17 de diciembre casi tocando los 20.000. Fue portada en medio mundo. Un año más tarde, en diciembre de 2018, cotizaba a 3.122. Otro desplome, esta vez del 84%. El patrón, para entonces, ya no sorprendía a nadie que llevara tiempo mirando.
La tercera prueba fue la más sonada. El 10 de noviembre de 2021, bitcoin marcó un máximo histórico cercano a los 69.000 dólares. Trece meses después, tras el colapso de la plataforma FTX, se arrastraba por debajo de los 16.000. Una pérdida de alrededor del 77%. Tres veces en una década, el que aguantaba había visto evaporarse cuatro de cada cinco euros. Y tres veces se había quedado quieto.
Soy un mal trader, y lo sé. En un juego de suma cero como este, solo pueden quitarte el dinero si vendes. GameKyuubi, foro Bitcointalk, 18 de diciembre de 2013
Aquella confesión torpe encierra más sabiduría de la que parece. La mayoría de la gente que perdió dinero con bitcoin no lo perdió porque el activo cayera, sino porque vendió abajo, jurando no volver, justo antes de cada recuperación. El precio no arruina al inversor. Lo arruina su propio pulso.
El reloj que marca cada cuatro años
Bajo el caos hay una mecánica extrañamente ordenada. Cada 210.000 bloques, más o menos cada cuatro años, el sistema reduce a la mitad la cantidad de bitcoins nuevos que se emiten. Es lo que se llama el halving. Ocurrió el 28 de noviembre de 2012, el 9 de julio de 2016, el 11 de mayo de 2020 y el 20 de abril de 2024, cuando la recompensa por bloque bajó de 6,25 a 3,125 bitcoins. El siguiente se espera hacia abril de 2028.
Cada uno de los tres primeros halvings fue seguido, en los doce a dieciocho meses posteriores, por una subida fuerte. Es una correlación, no una promesa, y conviene decirlo con todas las letras: nadie sabe si el patrón se repetirá, y quien lo garantice miente. Pero explica por qué tanta gente ordena su paciencia alrededor de ese reloj de cuatro años en lugar de alrededor de los titulares de cada mañana.
En bitcoin, la volatilidad no castiga al que se equivoca de precio. Castiga al que no soporta tener razón demasiado pronto.
El precio de no tocar nada
El 5 de diciembre de 2024, bitcoin superó por primera vez los 100.000 dólares. Quien había comprado a 1.100 en 2013 y no había vuelto a mirar tenía, sobre el papel, una fortuna. Pero contar esa historia por el final es hacer trampa. Lo que de verdad separó a ese inversor del que vendió no fue la clarividencia. Fue haber soportado tres inviernos en los que su decisión parecía la de un idiota, y no haber abierto la aplicación para comprobarlo.
Ese es el coste real, y casi nadie lo paga. Aguantar suena a inacción, a comodidad, y es justo lo contrario: es negarse a actuar cuando cada célula del cuerpo lo exige. Por eso funciona mejor como sistema que como fuerza de voluntad. Un método que decide de antemano cuánto comprar y cuándo, que espera sentado la mayor parte del tiempo y solo actúa en las caídas, le quita al inversor la única herramienta con la que suele hacerse daño: sus propias manos en un mal momento.
Nada de esto asegura un número. Bitcoin puede volver a caer un 80%, y probablemente lo hará alguna vez más; es de los activos más volátiles que existen y no es apto para el dinero que uno no puede permitirse perder. Pero la década deja una regularidad incómoda para el que quiere sentirse listo. Hay incluso quien ha convertido esa disciplina en un método publicado: un sistema de inversión llamado CDI lleva más de diez años comprando así y publica sus resultados año a año, con una calculadora para comprobarlos. Al final, lo más difícil de esta historia no es entenderla. Es no tocar nada.